La noche cayó sobre el Instituto México, pero no sobre la memoria del maestro Xavier Damián Jiménez. Bajo el cielo de Tijuana, decenas de personas —alumnos, docentes, amigos y familiares— encendieron veladoras en una vigilia que fue más que un homenaje: fue un clamor colectivo de justicia, de rabia contenida y amor profundo.
Damián fue asesinado el pasado 10 de julio en la colonia Aguaje de la Tuna. Un adolescente le quitó la vida. Tenía 33 años, una vocación firme por la enseñanza y una vida en construcción al lado de su pareja. Esa vida, esa historia, quedó truncada por la violencia, pero no silenciada.
En el centro de la explanada del colegio, colocaron un altar con flores, fotografías, cartas escritas por estudiantes y velas que iluminaron la noche como él iluminó las aulas. El acto comenzó con una oración en silencio, y luego, una a una, las personas compartieron la llama para encender las veladoras, símbolo de la fe, esperanza y legado que dejó.
Magalí Bustos, su novia, habló ante los presentes. La voz temblorosa, pero firme, describió a Damián como un hombre íntegro, amoroso, apasionado por su labor docente, y también compasivo: rescataba perros callejeros, les daba techo, atención y cariño. Llegó a tener siete. “Mi vida la planeé con él, queríamos envejecer juntos”, dijo, mirando al altar.
La joven, entre lágrimas, denunció la laxitud de las leyes que permiten que un menor que comete homicidio pueda salir libre en pocos años. “¿Cómo es posible que en cinco años salga libre? Destrozó una familia, me quitó a mi compañero de vida. Si hubiera sido su familiar, ¿las leyes también serían tan blandas?”, reclamó al borde del llanto.
El eco de sus palabras no se quedó en el aire. Quienes lo escucharon encendieron más velas, más recuerdos, más exigencias.
La vigilia concluyó en silencio, pero el mensaje quedó claro: la luz de Damián no se apaga, y la comunidad que formó con su entrega y ternura no permitirá que su muerte quede impune.






















