TIJUANA.— La tarde del miércoles 20 de agosto dejó a la ciudad un regalo efímero pero inolvidable: un atardecer que tiñó el cielo de rojos intensos, naranjas encendidos y destellos dorados que parecían incendiar las nubes.
Desde la delegación La Mesa, vecinos y transeúntes se detuvieron a mirar cómo el sol se despidió con un espectáculo de luces que por minutos transformó el horizonte urbano en un lienzo vivo. Algunos levantaron el teléfono para capturarlo; otros prefirieron guardar la postal en la memoria, en silencio.
El cielo de Tijuana, tantas veces marcado por el gris del tráfico y el concreto, se convirtió esa tarde en escenario de color y calma. Una pausa en medio de la rutina, un respiro que recordó a todos que, incluso en la prisa diaria, la naturaleza sabe encontrar formas de sorprender.