“No pasa nada”… hasta que sí pasa: el adiós al fotógrafo del burro-cebra

TIJUANA – A los pies del altar de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe, el eco de una frase resuena entre lágrimas, camisetas impresas y abrazos que apenas sostienen el dolor: “No pasa nada”, decía Ricardo Villa Páez, fotógrafo del emblemático burro-cebra de la Avenida Revolución. Este domingo, esa frase se convirtió en un grito silencioso de indignación, duelo y exigencia de justicia.

Ricardo no era solo un fotógrafo. Era historia viva de Tijuana, parte de la postal que millones de turistas han llevado consigo en cada retrato junto a su inseparable compañero de cuatro patas pintado en blanco y negro. Su sonrisa era parte del paisaje fronterizo. Hoy, su ausencia también lo es.

Fue atropellado por un taxista en pleno centro turístico de la ciudad. A plena luz del día. En una avenida que presume cultura, pero donde la ley a veces se diluye entre el caos vial y la impunidad. Quienes lo amaban se reunieron para despedirlo, pero también para exigir lo que en México, a menudo, hay que pedir a gritos: justicia.

Su hija, Karla Villa Valdez, no soltó la voz aunque el llanto estuviera cerca. “Nos citaron en Fiscalía el lunes. Queremos saber qué va a pasar con el taxista que mató a mi papá. ¿Lo van a dejar libre? ¿Qué mensaje le da eso a la sociedad?”, dijo con una fuerza que solo nace cuando se pierde lo que más se ama.

Ella, como muchas otras hijas, madres y esposas que han tenido que enterrar a un ser querido por actos evitables, alzó la mirada y cuestionó el sistema. “No solo pierdes a un ser querido. Pierdes la fe en la ley. Y eso duele casi igual”, expresó. Frente a la prensa, a los amigos, a los funcionarios que no estaban, y a un país que a menudo no escucha.

Concluida la misa, la procesión se convirtió en caravana. Autos con mensajes escritos en los vidrios –“Justicia para Ricardo”, “No fue un accidente, fue negligencia”– recorrieron las calles rumbo al panteón Colinas del Descanso. El mismo Tijuana que vio a Ricardo retratar miles de sonrisas, lo despidió entre claxonazos, lágrimas y el reclamo que nos toca a todos: que ninguna vida más se pierda sin consecuencias.

Porque cuando un símbolo cultural muere en el abandono del Estado, lo que se rompe no es solo una familia: es la memoria de una ciudad.

Compartir esta nota

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *