Tijuana, B.C. — A las 2:17 de la madrugada, el silencio de la Vía Rápida Alamar se quebró con el sonido metálico de un destino truncado. Jair Antonio, de 27 años, cruzaba la ciudad sobre dos ruedas. No llegó a su destino.
El impacto fue seco, brutal. Su motocicleta derrapó, chocó con un cordón de banqueta, rebotó contra un tubo metálico y terminó por estrellarse en la base de concreto de un semáforo. Fue en el cruce con el bulevar Héctor Terán Terán, en la colonia Cañón del Padre, donde el cuerpo del joven quedó tendido junto a los restos retorcidos de su máquina.
Jair Antonio murió en el lugar. Paramédicos no tardaron en llegar, pero nada pudieron hacer. La velocidad, el asfalto y la madrugada tejieron una tragedia que se suma a una lista de nombres que no deberían estar allí.
De acuerdo con el peritaje preliminar de Tránsito, Jair habría perdido el control por el exceso de velocidad. Pero la historia detrás del acelerador es más compleja. Es la historia de muchos jóvenes que encuentran en la motocicleta no solo un medio de transporte, sino una forma de vida. Una que, a veces, la ciudad no sabe cuidar.
La zona fue acordonada. Agentes de la Fiscalía General del Estado hicieron el levantamiento de pruebas e iniciaron la investigación. En casa, alguien aún espera una llamada que no llegará.
El amanecer encontró a Jair Antonio en la página de sucesos, pero su historia es más que una estadística. Fue hijo, hermano, amigo. Fue vida.
Y anoche, esa vida se apagó en una curva que no dio vuelta atrás.
Fotografía: Arturo Rosales.