Tijuana, B.C. — Apenas habían pasado horas desde que Andrea Ortiz recuperó su libertad, cuando nuevas voces comenzaron a alzarse con una mezcla de indignación, miedo y esperanza de justicia.
Ortiz, quien fue detenida en mayo de este año por el delito de fraude tras ser señalada por varias mujeres de incumplir contratos relacionados con cirugías plásticas y tratamientos estéticos, fue liberada por un juez el pasado 14 de julio. Sin embargo, su regreso a las calles no trajo calma, sino que activó una nueva ola de denuncias en su contra.
Nancy Vanesa González Ortega, una de las víctimas que en su momento denunció a Andrea por un fraude de 180 mil pesos, aseguró que al menos diez mujeres más se han acercado recientemente a pedir apoyo y orientación para presentar denuncias formales. Todas ellas con historias similares: contratos incumplidos, pagos retenidos y promesas quirúrgicas que nunca se cumplieron.
Ortiz operaba a través de redes sociales, donde ofrecía procedimientos estéticos financiados por medio de cundinas —un esquema de ahorro colectivo. Pero según las denunciantes, tras realizar los pagos, muchas quedaron sin cirugía y sin respuestas. Algunas incluso afirman que Andrea canceló los contratos sin previo aviso o dejó de responder por completo.
Mientras Andrea estaba en prisión, su madre habría continuado con los cobros y la administración de los compromisos adquiridos. Al salir, la situación se volvió aún más tensa: algunas chicas fueron presionadas para pagar intereses acumulados por no haber depositado durante ese tiempo.
Las víctimas no solo temen perder su dinero, también expresan temor a represalias por haber denunciado. Aun así, González Ortega hace un llamado firme: “Hay que abrir bien los ojos. A las chicas que ya tienen su contrato con Andrea, acérquense a la Fiscalía. Y a quienes ya interpusieron su denuncia, no renuncien”.
El caso sigue su curso, pero deja al descubierto una realidad inquietante: la desesperación por alcanzar ciertos estándares de belleza puede ser un terreno fértil para quienes hacen del engaño un negocio. Y también, que denunciar sigue siendo un acto de valentía en un sistema que no siempre responde con la prontitud que las víctimas necesitan.